Amador Rodríguez venía de una maratón de 103 jugadas contra Artur Yusupov cuando, sin descanso, le tocó enfrentar a Eugenio Torre en la séptima ronda del Interzonal de Toluca 1982. La partida comenzó dentro de una India de Rey profundamente teórica, con más de veinte jugadas conocidas que apenas consumieron tiempo. Sin embargo, a partir del movimiento 26 la lucha se volvió tensa y el reloj empezó a dictar el ritmo: de la 30 a la 42 ambos jugaron prácticamente al toque, en una carrera donde cada decisión tenía un peso desproporcionado.
Durante años, Amador recordó este encuentro como una oportunidad desaprovechada. Estaba convencido de que en algún momento había tenido ventaja decisiva y que no logró convertirla. Pero el análisis moderno corrige esa memoria. La posición nunca llegó a inclinarse de forma concluyente y, aunque ambos cometieron errores en el apuro de tiempo, Torre fue más preciso en los momentos críticos. Los intentos de Amador por coordinar un ataque en el flanco rey no alcanzaron la armonía necesaria y, cuando la tensión llegó a su punto máximo, su posición se desmoronó tras una secuencia táctica difícil de sostener.
Fue una partida dura, exigente y marcada por la fatiga acumulada. Hoy, el análisis revela que aquella supuesta oportunidad nunca existió realmente: lo que hubo fue una lucha intensa entre dos jugadores al límite, en la que Torre acertó más cuando todo pendía de un hilo.