La partida contra Miguel Andrés es un ejemplo perfecto de cómo un final aparentemente igualado puede transformarse en una lucha estratégica profunda. Tras una apertura Reti jugada sin ambición por parte de las blancas, el temprano cambio de damas y la estructura simétrica sugerían un empate rápido. Sin embargo, los finales rara vez son simples, y aquí comenzó una batalla donde cada detalle contaba. La simplificación masiva condujo a un final de torres y caballos en el que la actividad de las piezas y la ubicación de los reyes adquirieron un valor decisivo.
El momento crítico llegó tras 21.Td3, cuando las blancas dejaron pasar la oportunidad de igualar con precisión. La secuencia 22...Txd3! y el posterior error 24.Tc1? permitieron que el rey y el caballo de Amador Rodríguez alcanzaran posiciones dominantes. El caballo blanco quedó relegado a c1, completamente pasivo, mientras que el rey negro avanzaba con fuerza hacia el centro. La ruptura 27...e5! y, sobre todo, 28...e4! sellaron la suerte del caballo rival, que quedó fuera de juego para el resto de la partida.
A partir de ahí, la técnica se volvió esencial. Amador Rodríguez avanzó sus peones del flanco dama para restringir aún más la movilidad blanca y, tras 33...b4!, alcanzó una posición de dominación total. Sin embargo, la falta de una pausa reflexiva casi le costó la victoria: la jugada 37...h5? permitió a las blancas acercarse al empate si hubieran encontrado 38.Rf2!. Al no hacerlo, la vía hacia el flanco rey quedó abierta y la secuencia 38...g5! 39.Re3 Cf5+ 40.Rd2 h4! decidió la partida.
El remate 41...Cxh4 selló la victoria. Un final instructivo que muestra cómo la comprensión profunda de la posición, más que el cálculo inmediato, marca la diferencia en los finales de alto nivel.